¡BIENVENIDOS!

Estimados amigos:
Actualmente las nuevas tecnologías de la comunicación, nos brindan la posibilidad de hacer oír nuestras voces, nuestras inquitudes y opiniones personales, compartir visiones y puntos de vista con quienes en el mundo entero también desean compartir las suyas. Leer, escuchar e interactuar con otros seres humanos distantes o cercanos en cualquier punto del planeta. Esto es algo que personas como yo, pertenecientes a otra generación, nunca soñamos que fuera posible. Ser protagonistas y partícipes activos de nuestra sociedad mundial, sociedad que por otro lado se presenta en crisis, es una oportunidad insoslayable para aprender, enriquecernos y crecer. Esa es la idea de este blog. Gracias por pasar por mi humilde y virtual espacio. Si hay algo aquí, por minúsculo que sea, que pueda serles de utilidad, la pretensión de éste modesto cantor, no habrá sido en vano.

Cordialmente: ALEJANDRO REYES.

sábado, 5 de abril de 2014

ADMONICIÓN

 ADMONICIÓN (Milonga)
© Letra y música: Alejandro Reyes.

Yo te voto y con mi voto
tu pasas a ser gobierno
te comes la mejor parte
y a mí me tiras los huesos,
yo te puse donde estás
como servidor del pueblo
pero al llegar al poder
tú te olvidaste el  arreglo,
y te sumas vanidades
y te otorgas privilegios.







Los estudios que tú tienes
todos tus conocimientos
soy yo quien los he pagado
con mi trabajo y mi esfuerzo,
soñando con un mañana
de igualdad y de progreso
pero tu en cambio te ufanas
y te golpeas el pecho,
y usas esas herramientas
para trampear mis derechos.

Aprovechas mi hidalguía
y abusas de mi nobleza
y así tengo que rogarte
para pedirte una audiencia,
cuando yo reclamo esto
me rebajas, me irrespetas,
siendo que debes honrarme
con todas las reverencias,
me tratas igual que  un perro
que te hace guardia en la puerta.


Te olvidas de quien soy yo
e intercambias los papeles
si tu tienes el poder
es porque yo te lo cedo,
tu eres solo un funcionario
yo soy el jefe supremo
no te parece insolencia
tratarme como  un sirviente,
siendo que soy tu patrón
aquel que paga tu sueldo.


Pero escucha, ten cuidado,
porque todo se termina
pues existe una justicia
de los hombres por encima,
y ésta no es ciega por cierto
tiene fuego en sus pupilas
y una pluma inapelable
sobre el libro de la vida,
que no escriba tus memorias
del lado de la mentira.

© ALEJANDRO REYES.

sábado, 3 de agosto de 2013

El árbol de la vereda

EL ARBOL DE LA VEREDA.
por Alejandro Reyes

“El árbol de la vereda” se ha poblado nuevamente de verdes retoños que le brotan por doquier. Se ve feliz, lleno de vida, sano… aunque su lugar en la tierra es tan estrecho… un escaso cuadrado de “veinte por veinte” que le han dejado en la zaga de baldosas remendadas. Después, todo es cemento. Sin embargo, él vive allí, y en cada primavera renace como nunca con toda su vitalidad. Se mece desafiante y efusivo ante la vida que se expande.







Éste  árbol fue trasplantado a ese lugar  hace muchos años  por los obreros de la municipalidad cuando era apenas una rama. Desde aquel día,  pasó a ser un obligado vecino de la acera desde donde recibe a diario todo el humo de los escapes de los automóviles que pasan raudos muy cerca de él.

Pobre del “Árbol de la vereda” que no le queda más remedio que aguantarse todo el ruido de los motores que no dejan de pasar y pasar las veinticuatro horas del día. Qué molesto debe ser estar imposibilitado de moverte y que cien mil caños de escape por día vomiten humo y ruido sobre ti. Sin embargo, el árbol vive, y crece, y otra vez la ventisca de setiembre  lo ha llenado de hojitas  y retoños.

La puerta de  entrada de tu casa está justo frente al “Árbol de la vereda”. ¡Hace tantos años que vives aquí! Desde que llegaste por primera vez arrebujado en un cochecito de bebé desde el hospital, recién nacido. El árbol entonces,  era muy joven, pero parecía agitarse de alegría moviendo su aun escaso ramaje cada vez que te veía entrar y salir en brazos de tu mamá y tu papá.  Al paso de los días, los meses y los años, entre risas, llantos y rodillas rotas, fuiste creciendo.  Tantas veces te apoyaste sobre él en la algarabía de esos juegos y aprendizajes infantiles. Después, llegaron para ti los días de guarda-polvo blanco, lápices y cuadernos.  Años más tarde, el virulento aprendizaje secundario. Hoy, tu infancia y adolescencia ya han  transcurrido, y “El árbol de la vereda” fue testigo de ese transcurso. Ha visto pasar el cauce de tu vida cual si  fuera un río que corre a sus pies. Ahora eres un adulto, ya ni siquiera adolescente, ¡acabas de cumplir veinte!, y… ¡hace veinte años que pasas junto a ese árbol! Miles, millones de veces… infinidad de veces. No han sido pocas las ocasiones  que te apoyaste en él cuando llegaste enfermo o cansado, tu brazo como una gran palanca sobre su tronco. Tantas veces te sirvió de consuelo. Tantas veces secó tus lágrimas que corrieron por el cuerpo desnudo de su verde  corteza. (Parece como si los arboles, a veces, pudieran descargar nuestras malas energías, ¿No es cierto?)


En fin, ¡son tantas cosas que hay entre vos y “El árbol de la vereda”…! Él conoce a tus amigos, tus amores… Aquella novia primera que besabas  con ardor recostándola seductoramente sobre su gran tronco, y él,  con sus grandes ramas parecía tejer para ustedes un improvisado nido de amor bajo la noche cómplice y silenciosa.
Sin duda, éste silencioso compañero sabe de tus alegrías y tristezas, él te conoce, él te ha  sentido llorar, reír, murmurar, gritar, bendecir, jugar, insultar, besar… Ese árbol, es un integrante más de tu familia aunque por razones obvias no vive bajo tu mismo techo.


Lamentablemente tú,  no conoces al “Árbol de la vereda”; ese que está a escasos diez  pasos de tu puerta, simplemente, jamás te importó. Durante veinte años has pasado  a su lado pero no lo has visto nunca, lo has mirado sí,  pero no lo has visto. Nunca sentiste la más mínima curiosidad por saber su nombre ni a la especie que pertenece. Sabes otras cosas, por ejemplo, la marca del inodoro de tu baño. La lees todos los días cuando orinas de pie, pero claro, el árbol de la vereda no tiene rótulo con su marca porque no es un artefacto, es un ser vivo, aunque  él, por todo reconocimiento,  muchas veces recibe de ti  lo mismo que recibe el inodoro de tu baño.

Hace cincuenta años cuando no había ni siquiera televisión y ningún documental   les contaba a aquellos niños de otrora que hoy son nuestros abuelos que los árboles son seres vivos; ellos lo sabían; o lo intuían supongo,  porque al menos los trataban con amor y con respeto. Actualmente,  los documentales de la tv nos enseñan tantas cosas, y también la internet, la ciencia, las investigaciones… sin embargo tú, no sabes nada de árboles ni de plantas.


Esta primavera en especial,  “El árbol de la vereda” siente pena por ti, porque están haciendo unos días verdaderamente espléndidos y soleados y tú, hace dos jornadas que no sales al exterior, te la has pasado dentro de tu dormitorio obsesionado con tu computadora y ese nuevo juego que te pasaron tus amigos.

Allá afuera revolotean decenas de bellas y coloridas mariposas que inundan los jardines  y los parques. ¡Sus dibujos son tan bonitos y  coloridos! Hay tanto detalle y filigrana en esas diminutas alitas… finos y delicados arabescos. Pareciera que quien las creó quiso extasiarse más allá de lo inimaginable sobre el  arte gráfico dibujado en estos pequeños insectos voladores. Ahora mismo irradian tanta belleza por todas partes que es difícil no sentir un vuelco en el corazón y  una tímida emoción al verlas volar y posarse en decenas de flores, verdes plantas y pimpollos multicolores. Y por cierto, también se posan sobre “El árbol de la vereda”,  que se lo ve verdaderamente feliz por una primavera más, porque han regresado sus amigas las mariposas.  Hay razones suficientes para que él celebre con desbordada alegría agitando su hirsuta melena hacia ese pedacito de cielo que le toca y  que  no  han podido robarle, ni la fría indiferencia de la gente, ni el  insípido cemento solitario de la sórdida ciudad que  lo sostiene.

© Alejandro Reyes

martes, 23 de julio de 2013

Requiem para el canto paisano -por Alejandro Reyes.

Asistimos azorados a la más profunda debacle cultural de todos los tiempos.



Podemos ir diciéndole adiós a la cultura de nuestros pueblos desde el ámbito de las plataformas y escenarios públicos. Nuestro más fecundo acervo y nuestras más arraigadas tradiciones  se van por el retrete de la confusión y la ignorancia impuestas a fuerza de vaciamiento intelectual y cultural en  nuestra gente. Las grandes producciones se han apropiado de todas las plataformas populares del canto y de la música y han impuesto “la cultura mercantil e  insustancial del entretenimiento”. A los escenarios del pueblo, ya escasamente suben cantores y músicos populares. En cambio, se propicia el advenimiento de agitadores y “bailanteros”, en todo caso,  divertidores baratos de las masas. Lo que otrora fue desde la canción popular con fundamento (no importa su género), el alimento espiritual del pueblo, hoy, proyectando la cultura de la globalización, el consumo y la mercancía descartable,  no hay ningún alimento espiritual, sino mas bien comida chatarra. 



Nuestro país (Uruguay), una pequeña nación estimada en  territorio y población, que alguna vez se destacó por su grandeza cultural, por ser capaz de  parir imperecederas celebridades  en las letras y en las artes, ni siquiera puede recordarse a si misma, la memoria de un pueblo está siendo borrada de un plumazo.

Enormes sumas de dinero se gastan del erario público, usando las plataformas públicas, auspiciadas por patrocinadores públicos (ANTEL, UTE, etc.) en contratar artistas extranjeros que seguramente no vienen gratis a nuestros escenarios, sino que cobran sustanciosos caché, mientras nos damos el lujo de que muchos de nuestros más señeros cantores, autores y poetas populares de todos los tiempos desaparezcan en el olvido, a veces mendigando una pensión graciable del estado para poder terminar sus días en una casa de ancianos u hospitales públicos (Aníbal Sampayo, Marcos Velázquez etc.). Otros artistas nacionales, que otrora lucharon por una cultura popular verdadera, promovieron y reclamaron espacios,  y defendieron con su canto y activismo ideales muy diferentes a los que ahora,  haciéndose los distraídos,  nos meten a base de publicidad mediática, hoy callan inexplicable e inexorablemente. A muchos de ellos se los ve bien prendidos a la teta de  ésta vaca del entretenimiento barato que  se alimenta  en las praderas de la patria, pero que solo la ordeñan unos pocos. 


Algunos de estos “trovadores” que se agenciaron la fama otorgada por un pueblo que en esos tiempos también luchaba por un cultura digna, ayer recogían el aplauso popular haciendo la “V” de la victoria con los dedos de la  zurda,  y hoy,  subidos al caballo del “hazte fama y échate a dormir”, convertidos en mitos populares, siguen haciendo la “V” con la zurda pero cobran con la derecha, y en dólares si es posible, que es la librea moneda extranjerizante de aquel imperio que tanta repulsión les causaba en otros tiempos gloriosos de denuncia social. 






Por otro lado nos regodeamos con las grandes mentiras de algunos de lo que están al frente de “la cultura nacional”, cuando invocan a la unidad de La Patria Grande. Lo cierto es que,  ni patria,  ni grande. Un hermoso doble discurso donde se promueve este slogan haciendo todo al revés. Lo que menos importa es rescatar y promover la identidad profunda de América Latina. No hay espacio para la diversidad de esa inmensa riqueza continental. No hay escenarios ni plataformas para figuras menos grandilocuentes intentando mostrar las nuevas generaciones de raíz folclórica del continente. La mira está puesta en las grandes convocatorias, porque un buen cantor argentino, chileno o paraguayo,  aunque sea notable y talentoso, si es desconocido en los grandes medios,  no produce réditos políticos ni económicos, entonces hay que contratar a los taquilleros, a los que están instaurados en los grandes círculos propagandísticos de la TV y los grandes medios de comunicación, los que venden muchos discos, son tapas de revistas etc., ya sean mitos de una época gloriosa o estrellas fugaces buco-dentales de hoy. Esos sí tienen espacios y contratos, porque tienen poder de convocatoria, y eso es lo que al fin importa, porque  se traduce en réditos de marketing, publicidad, y mucha venta de chorizos y cerveza a la hora de los grandes festivales. Y ya sabemos que cuando decimos venta y mercancía sonríen los mercaderes (patrocinadores, auspiciantes, empresarios, políticos etc.), que al final son los que sostienen los pilares de la decadente civilización actual. Los mismos que Jesús echó del templo a patadas.
Ya ves, por eso mismo ni se te ocurra pensar que puede haber un interés en proteger la cultura de nuestros pueblos, por aquellos en quienes ha recaído por mandato popular esa función, y por ejemplo, que alguno de estos “mega-productores privados” y muchas veces asociados con el estado, se les puede pasar por la cabeza contratar artistas que hagan  pensar y emocionar desde la autenticidad,  apelando al sentimiento y a la cotidianeidad del pueblo, sus sufrimientos y sus alegrías. Se trata de que cuanto menos piense el pueblo, mejor. Aquí lo que se necesita es mucho ruido, gran profusión de electrónica, monstruosos escenarios con intensos despliegues de lumínicos y humo, para idiotizar cuanto más se pueda a esa masa de consumidores de chorizos, hamburguesas, comidas y  bebidas enlatadas. De este modo los escenarios populares otrora fundados para enaltecer a la cultura nacional y latinoamericana con muestras y expresiones  de sus artistas talentosos y dignos, hoy se han llenado de mediocres agitadores. Todo esto da mucha lástima.





Muchos de los artistas jóvenes y no tan jóvenes  que actualmente  dicen arrimarse al canto popular y de extracción folclórica, no tienen ni idea de lo que es realmente el verdadero canto popular y/o folclórico. En  muchas de esas  cabecitas y  en muchos de esos oídos no hay neuronas de reacción ni de emoción ante un obra nativa autentica, o una canción de genuina proyección folclórica. (Para un paladar al que le han destruido las papilas gustativas da lo mismo una vistosa carniza que el mejor  asado de exportación). Se soslaya totalmente la poesía y los poetas de la tierra. Se habla de evolución musical, de “aggiornamientos”, de fusiones y renovaciones, pero se ignora totalmente la raíz y se escarda con uñas de acero el tejido ancestral que costó centurias de elaboración en el tramado de las sagradas culturas continentales de nuestros pueblos.   Una canción ya  no vale por su contenido ni por su calidad, ni por su autenticidad, ni por su hondura en el tiempo, ni por su vínculo genuino con el hombre y la tierra; vale por que tenga “gancho”, apelando a que la gente pueda ser capaz de recordar y repetir un estribillo estúpido,  y cantarlo automáticamente aunque sea la primera vez que lo escuche,  y en lo posible,  que cuando sientan esa canción, les vengan ganas de bailar, moverse, tirarse al suelo,  o ir al baño… no importa, lo que sea mientras que no la haga identificarse con sentimientos humanos genuinos, con el medio y la problemática en el que vive,  y sobre todo,  que no la haga pensar, que eso es lo peor. El repertorio elegido en la mayoría de los casos, es para romper oídos, y en vez de apuntar al cerebro y a la sensibilidad cotidiana (que se encuentra en la capacidad del artista de traducir al pueblo, su verdad y tradiciones) apunta a las caderas para que la gente se zarandeé,  bata palmas y en todo caso grite y se revuelque. Ya no se sube un cantor a un escenario, se sube un agitador, que de repente aparece detrás de bambalinas dando saltos de acróbata o empuñando una guitarra como si fuera una ametralladora y,   antes de decir: “buenas noches estimado público presente” o algo por el estilo, podemos escuchar: “¡A ver las palmas!, ¡a ver esas palmitas...!”  La cosa es evitar por todos los medios que le vaya a fallar el cometido inequívoco para el cual se ha subido a las tablas, que por cierto no es la intención de hacer arte, sino de agitar y enfervorizar a los asistentes. Ahí radica para muchos el éxito o el fracaso de su actuación. Y lamentablemente para los organizadores y propiciadores de estos espectáculos (despropósitos)  que son el vademécum de la mediocridad - vendedores de política y publicidad- también radica el éxito o el fracaso de los eventos populares de hoy en día. 



Los bastiones del arte popular nacional que costó décadas de sacrificio levantar y donde muchos paladines gastaron sus mejores años, cayeron en poco tiempo como cayó el templo de Jerusalén, no queda piedra sobre piedra. Grandes festivales donde la “Tierra y el Hombre” eran expresados a través de sus auténticos cantores, músicos y poetas populares, son hoy una bolsa de gatos y perros, donde no se sabe quien ladra y quien maúlla, y todos se arañan y muerden por cinco minutos de éxito y de fama, mientras los buitres paladean las ganancias. 
En tanto asistimos en los escenarios públicos y populares  a la fastuosidad y despliegue de efectos especiales de éstas “frívolas y mediocres mariposas”  que  le dan rienda suelta a la bisutería de las artes, afuera,  “los pájaros de nuestro cielo”,  desplumados y sin árboles donde cantar y hacer su nido,   intentan un último vuelo rumbo al exilio del olvido.

 

miércoles, 19 de junio de 2013

ARTIGAS, LA BATALLA FINAL

ARTIGAS -  LA BATALLA FINAL   (Carlos Machado)

(Extraído de “Artigas El General de los Independientes” obra de Carlos Machado
editado en Cuadernos “Crisis” Nº 14, 1975.


Una "leyenda negra" despiadada. Un odio a su persona, sus modos, su programa, su abierto desafío, su estrecha encarnadura con la masa, su estatura de jefe de las multitudes anónimas de parias.

Nació en el juicio de los unitarios.



CAVIA, por encargo del propio gobierno porteño, redactó su panfleto agraviante durante la guerra civil: "azote de su patria... oprobio del siglo XIX, afrenta del género humano". 






















RIVADABIA le llamó "bandido". 




















ALVEAR, para juzgarlo, debió mostrar sus cartas: "el feroz Artigas . . . fue el primero que entre nosotros conoció el partido que se podía sacar de la bruta imbecilidad de las clases bajas, haciéndoles servir, en apoyo de su poder, para esclavizar las clases superiores y ejercer su poder sin más ley que su brutal voluntad".














Se sumaron a tales diatribas los que desertaron del campo artiguista.
"Desgraciado" e "inepto” le  llamó ANTONIO DÍAZ. 







"No tiene otro sistema que el desorden, fiereza y despotismo", comentó, despectivo,  RIVERA ("es de necesidad disolver las fuerzas del general Artigas así será salvada la humanidad de su más sanguinario perseguidor")
















LAVALLEJA, unos años después, rechazaba indignado una comparación con Artigas: "el General que suscribe no puede menos que tomar en agravio personal un parangón que le degrada".



















MITRE lo abominó: "tenía todos los instintos feroces. . . la hipocresía solapada del gaucho malo y el orgullo exagerado de sus facultades bajo las apariencias humildes", y en otro lado: "sin más banderas que el personalismo ni más programa que una confederación de mandones".
















VICENTE FIDEL LOPEZ advirtió: "no tenemos la menor intención de negar que execramos la persona, los hechos y la memoria de este funestísimo personaje.





















 “Patriarca del degüello y la barbarie", le llamó SARMIENTO.




















Durante medio siglo los textos escolares recogieron la misma versión. Lenta fue la reivindicación. Un cubano, VALDEZ, inició en Buenos Aires su defensa.









MANUEL MORENO también abogó por el Jefe de los Orientales.

 



















SAAVEDRA le fue fiel.

 



















ALBERDI, cruzándose al paso de Mitre, definió su figura con acierto: “caudillo de las masas, y por eso, expresión verdadera de la democracia. 




















Pero debió pasar un siglo y medio para que se le alzara una estatua en Buenos Aires. 

Larga fue en el Uruguay la revaloración.



Manuel Oribe adjudicó unas tierras, que antes fueron de Artigas, al hijo del Caudillo desterrado, hacia 1836. Oribe, otra vez, bautizó con su nombre a la calle central de la Unión, que fue su capital, en el 49.
En el 53, el presidente Giró le pone "Artigas" a un pueblo fronterizo.

En 1854, repatriaron sus restos, olvidados después mucho tiempo sin que se les diera destino. Desde 1860, recién, se libró la batalla para refutar la tergiversación. Primero Isidoro De María, después los hermanos Ramírez, Fregeiro y Bauzá, rectificaron tanta distorsión). Máximo Santos dispuso la sustitución de los textos docentes unitarios y ordenó levantar su monumento.

El Senado del ‘83 rechazó la propuesta de poner, sobre su basamento, las siguientes palabras: "fundador de la nacionalidad". Entendió, con razón, que "la inscripción no se armoniza con las tendencias del prócer a propósito de una confederación, a favor de la cual luchó hasta que abandonó el suelo de la patria". Sólo se puso "Artigas" en ese monumento que se demoró cuatro décadas más (se alzó en 1923).
Eduardo Acevedo, desde su "Alegato", había pulverizado a la difamación.

Esa leyenda negra será después "celeste". Borrados sus afanes revolucionarios, lavado su programa, le harán una mortaja de retórica y bronce. Pero no puede silenciar,
para los orientales, nacidos como pueblo bajo su conducción, la herencia. de un legado indivisible: independencia para desligarnos del sometimiento, formas republicanas para garantizar con libertad la participación popular, federación para ligar esfuerzos en el cauce común de la cuenca matriz que desagua en el Plata y justicia social amparando a los más.
Un reto por delante, como compromiso.


(Extraído de “Artigas El General de los Independientes”- obra de Carlos Machado
editado en Cuadernos “Crisis” Nº 14, 1975.



lunes, 20 de mayo de 2013

Cancionero legendario: GRACIAS A LA VIDA de Violeta Parra.

VIOLETA PARRA (CHILE 1917 – CHILE 1966)

Le dio gracias a la vida pero se suicidó poco tiempo después. Ésta canción fue una de sus últimas obras entre tantas que compuso. Su vida fue un via-crucis, una de las más dramáticas  conocidas en el ambiente de la  música popular del continente. Violeta Parra  sufrió la pobreza,   el abandono, el desamor, la muerte de una hija pequeña (mientras ella se encontraba del otro lado del mundo en una gira) y en su controvertida trayectoria como  artista, fue humillada, ignorada y traicionada, sin embargo,  su obra poética y musical elaborada sobre la base del folklore de Chile y Latinoamérica, es una de las más fecundas. 


Al igual que Atahualpa Yupanqui, fue una recopiladora del folklore anónimo. Chile, guarda un acervo cultural que hoy es imperecedero y que recoge un patrimonio histórico nacional  para las generaciones futuras, gracias a su sacrificada  labor de recopilación folklórica.
Parra nació en Ñuble una remota población del sur de Chile en 1917.  En los años de la infancia aprendió a cantar y a tocar la guitarra y tempranamente salió a la escena profesional para poder ganarse la vida, cantando y tocando en la calle, en bares y cantinas. Su amor por el folklore la llevó a realizar programas de radio y comenzó a investigar y recopilar canciones en las alejadas villas y villorios campesinos. Con un pequeño grabador, lápiz y cuaderno, Violeta recorrió su país de sur a norte para registrar las voces y las canciones de los cantores y artistas anónimos, recuperando así de esa manera una cultura ancestral muy antigua,  y redescubriendo la identidad ignorada de toda una región continental. En paralelo con esta labor iría despertando en ella su talento para la autoría y la composición.


Pero además, Violeta fue ceramista, artesana y artista plástica. Llegó a exponer nada  menos que en el Louvre de Paris  y pese a que ya era una artista increíble por esos años, fue ignorada por las esferas académicas y las autoridades y personalidades de su país que poco o casi ningún corte le otorgaron. Fue un ser humano noble y grande en toda su dimensión y no usó el arte para su propio peculio, sino que comprendió que un don debe ser usado para ennoblecer la vida y ayudar al prójimo. De esta manera toda su obra está comprometida con los débiles del mundo. Violeta Parra es un ejemplo en Latinoamérica de la pureza de un verdadero artista popular sin disfraces ni demagogias para ganarse el aplauso fácil y la fama mitológica.



Violeta Parra viajó por muchos países sobre todo de Europa intentando difundir su arte popular en una época dura y difícil, con recursos escasos y precarios, cuando la tecnología a favor de la comunicación y las artes recién comenzaba a llegar a las clases populares de la sociedad. Fue dejando grabaciones desparramadas aquí y allá. Muchas de ellas verían la luz recién después de su muerte, otras,  se hicieron más populares con el correr del tiempo gracias al trabajo de difusión  que de su legado llevaron a cabo sus hijos también cantantes y artistas, Isabel y Ángel respectivamente.
Si bien hay una cantidad considerable de canciones que en la actualidad se siguen cantando y que las nuevas generaciones de  intérpretes de todas partes continúan versionando de la obra de Violeta, que es inmensa, es sin duda “Gracias a la vida” que la identifica como ningúna, y es para el cancionero continental una obra que nos enorgullece como latinoamericanos. Tanto en su tesitura musical como en su letra, es una canción de connotaciones universales. La Parra dueña de un talento inspirado como pocos, llegó a ese álgido punto de la creación popular donde el artista encuentra el pasaje hacia el inconsciente colectivo de todos los pueblos y de todas las gentes. “Gracias a la vida” es la canción popular por excelencia, es lo que cualquier ser humano en cualquier  parte del mundo hubiera querido decir y expresar bellamente, y fue Violeta Parra la que plasmó en el pentagrama ese gracias inconmensurable que todos queremos expresar en determinados momentos de la existencia y por diferentes e innumerables razones. La canción además de inspirada en su temática, tiene una melodía muy dúctil y dulce, lo que la hace sumamente atractiva para la interpretación instrumental, de este modo es que la han llevado a la grabación orquestas y filarmónicas de todo el mundo y muy prestigiosas como Richard Clayderman entre muchos otros.
La grabación original de "Gracias a la vida" la haría la autora chilena en el año 1966 para discos RCA. El  álbum que además contiene canciones insoslayables de su extensa obra se tituló paradojalmente: “Las últimas composiciones de Violeta Parra”

Gracias a la vida por VIOLETA PARRA - Versión Original 1966.
 (Violeta Parra)

jueves, 9 de mayo de 2013

Una obra maestra: El Ruiseñor y la rosa de Oscar Wilde

El Ruiseñor y la Rosa,   más que un cuento, es una obra maestra de la literatura, creación del afamado escritor británico OSCAR WILDE  


Basado en la leyenda de que El Ruiseñor canta hasta morir, el ruiseñor del cuento de Wilde realiza un sacrificio inaudito entregando su propia vida para crear una rosa roja, y así, de esta manera, lograr el sueño de un estudiante enamorado, quien necesitaba una rosa roja,  pues la jovencita que lo deslumbraba  se la había solicitado como prenda para asistir con él al baile de esa noche. Pero  en el jardín no habían rosales de rosas rojas, solo algunos de flores blancas y amarillas. El Ruiseñor escuchó los lamentos del estudiante  y encarnado de su pasión se dispuso a conseguir para él una rosa roja. Entonces,  despues de infructuosa búsqueda,  un rosal que ya no florecería por la cercanía del invierno, le deja saber al pajarillo que sí existía una manera de conseguir aquella flor:





"-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía."


EL RUISEÑOR Y LA ROSA (Cuento)
*Oscar Wilde.

-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una solo rosa roja en todo mi jardín.

Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.

-¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.

Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.

-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja.

-He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún sin conocerlo; todas las noches les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.

-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi amada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará ningún caso. No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón.

-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí es pena para él. Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro.

-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerda y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas que darle.

Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.

-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él, con la cola levantada.

-Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a reír con todas sus ganas.

Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando sobre el misterio del amor.

De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.

Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.

En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve de la montaña. Ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante, y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el arbusto meneó la cabeza.

-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.

-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga?

-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.

-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso.

-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta sea sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que éste lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su hálito es como el incienso.

El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.

Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas.

-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!

Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente argentina.

Al terminar la canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuaderno de notas y su lápiz.

"El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene notas bellísimas. ¿Que lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!"

Y volviendo a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo y se puso a pensar en su adorada.

Al poco rato se quedo dormido.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.

Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas, y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.

Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.

Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora.

La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago.

Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen.

Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.

Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.

Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor.

Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba.

Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos.

Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le ahogaba en la garganta.

Entonces su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba.

El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.

El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas.

A medio día el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.

-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado.

E inclinándose, la cogió.

Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa.

La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.

Pero la joven frunció las cejas.

-Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de cólera.

Y tiró la rosa al arroyo.

Un pesado carro la aplastó.

-¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.

Y levantándose de su silla, se metió en su casa.

"¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica."

Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.

OSCAR WILDE