EL ARBOL DE LA VEREDA.
por Alejandro Reyes
“El árbol de la vereda” se ha poblado nuevamente de verdes retoños que le brotan por doquier. Se ve feliz, lleno de vida, sano… aunque su lugar en la tierra es tan estrecho… un escaso cuadrado de “veinte por veinte” que le han dejado en la zaga de baldosas remendadas. Después, todo es cemento. Sin embargo, él vive allí, y en cada primavera renace como nunca con toda su vitalidad. Se mece desafiante y efusivo ante la vida que se expande.
por Alejandro Reyes
“El árbol de la vereda” se ha poblado nuevamente de verdes retoños que le brotan por doquier. Se ve feliz, lleno de vida, sano… aunque su lugar en la tierra es tan estrecho… un escaso cuadrado de “veinte por veinte” que le han dejado en la zaga de baldosas remendadas. Después, todo es cemento. Sin embargo, él vive allí, y en cada primavera renace como nunca con toda su vitalidad. Se mece desafiante y efusivo ante la vida que se expande.
Éste árbol fue trasplantado a ese lugar hace muchos años por los obreros de la municipalidad cuando era apenas una rama. Desde aquel día, pasó a ser un obligado vecino de la acera desde donde recibe a diario todo el humo de los escapes de los automóviles que pasan raudos muy cerca de él.
Pobre del “Árbol de la vereda” que no le queda más remedio que aguantarse todo el ruido de los motores que no dejan de pasar y pasar las veinticuatro horas del día. Qué molesto debe ser estar imposibilitado de moverte y que cien mil caños de escape por día vomiten humo y ruido sobre ti. Sin embargo, el árbol vive, y crece, y otra vez la ventisca de setiembre lo ha llenado de hojitas y retoños.
La puerta de entrada de tu casa está justo frente al “Árbol de la vereda”. ¡Hace tantos años que vives aquí! Desde que llegaste por primera vez arrebujado en un cochecito de bebé desde el hospital, recién nacido. El árbol entonces, era muy joven, pero parecía agitarse de alegría moviendo su aun escaso ramaje cada vez que te veía entrar y salir en brazos de tu mamá y tu papá. Al paso de los días, los meses y los años, entre risas, llantos y rodillas rotas, fuiste creciendo. Tantas veces te apoyaste sobre él en la algarabía de esos juegos y aprendizajes infantiles. Después, llegaron para ti los días de guarda-polvo blanco, lápices y cuadernos. Años más tarde, el virulento aprendizaje secundario. Hoy, tu infancia y adolescencia ya han transcurrido, y “El árbol de la vereda” fue testigo de ese transcurso. Ha visto pasar el cauce de tu vida cual si fuera un río que corre a sus pies. Ahora eres un adulto, ya ni siquiera adolescente, ¡acabas de cumplir veinte!, y… ¡hace veinte años que pasas junto a ese árbol! Miles, millones de veces… infinidad de veces. No han sido pocas las ocasiones que te apoyaste en él cuando llegaste enfermo o cansado, tu brazo como una gran palanca sobre su tronco. Tantas veces te sirvió de consuelo. Tantas veces secó tus lágrimas que corrieron por el cuerpo desnudo de su verde corteza. (Parece como si los arboles, a veces, pudieran descargar nuestras malas energías, ¿No es cierto?)
En fin, ¡son tantas cosas que hay entre vos y “El árbol de la vereda”…! Él conoce a tus amigos, tus amores… Aquella novia primera que besabas con ardor recostándola seductoramente sobre su gran tronco, y él, con sus grandes ramas parecía tejer para ustedes un improvisado nido de amor bajo la noche cómplice y silenciosa.
Sin duda, éste silencioso compañero sabe de tus alegrías y tristezas, él te conoce, él te ha sentido llorar, reír, murmurar, gritar, bendecir, jugar, insultar, besar… Ese árbol, es un integrante más de tu familia aunque por razones obvias no vive bajo tu mismo techo.
Lamentablemente tú, no conoces al “Árbol de la vereda”; ese que está a escasos diez pasos de tu puerta, simplemente, jamás te importó. Durante veinte años has pasado a su lado pero no lo has visto nunca, lo has mirado sí, pero no lo has visto. Nunca sentiste la más mínima curiosidad por saber su nombre ni a la especie que pertenece. Sabes otras cosas, por ejemplo, la marca del inodoro de tu baño. La lees todos los días cuando orinas de pie, pero claro, el árbol de la vereda no tiene rótulo con su marca porque no es un artefacto, es un ser vivo, aunque él, por todo reconocimiento, muchas veces recibe de ti lo mismo que recibe el inodoro de tu baño.
Hace cincuenta años cuando no había ni siquiera televisión y ningún documental les contaba a aquellos niños de otrora que hoy son nuestros abuelos que los árboles son seres vivos; ellos lo sabían; o lo intuían supongo, porque al menos los trataban con amor y con respeto. Actualmente, los documentales de la tv nos enseñan tantas cosas, y también la internet, la ciencia, las investigaciones… sin embargo tú, no sabes nada de árboles ni de plantas.
Esta primavera en especial, “El árbol de la vereda” siente pena por ti, porque están haciendo unos días verdaderamente espléndidos y soleados y tú, hace dos jornadas que no sales al exterior, te la has pasado dentro de tu dormitorio obsesionado con tu computadora y ese nuevo juego que te pasaron tus amigos.
Allá afuera revolotean decenas de bellas y coloridas mariposas que inundan los jardines y los parques. ¡Sus dibujos son tan bonitos y coloridos! Hay tanto detalle y filigrana en esas diminutas alitas… finos y delicados arabescos. Pareciera que quien las creó quiso extasiarse más allá de lo inimaginable sobre el arte gráfico dibujado en estos pequeños insectos voladores. Ahora mismo irradian tanta belleza por todas partes que es difícil no sentir un vuelco en el corazón y una tímida emoción al verlas volar y posarse en decenas de flores, verdes plantas y pimpollos multicolores. Y por cierto, también se posan sobre “El árbol de la vereda”, que se lo ve verdaderamente feliz por una primavera más, porque han regresado sus amigas las mariposas. Hay razones suficientes para que él celebre con desbordada alegría agitando su hirsuta melena hacia ese pedacito de cielo que le toca y que no han podido robarle, ni la fría indiferencia de la gente, ni el insípido cemento solitario de la sórdida ciudad que lo sostiene.
© Alejandro Reyes